domingo, 22 de julio de 2012

La constante purificación de nuestra andadura - Francisco Lacueva

Por Francisco Lacueva

De la misma manera que los israelitas cometieron muchas infidelidades en su peregrinación por el desierto y tuvieron que ser castigados por Dios, así también nuestra andadura espiritual por el desierto de esta vida requiere una constante labor de purificación. La purificación es, por decido así, la cara negativa de la santificación, y es necesaria para llegar al parecido final con Cristo (1a Jn 3:3).

Habiendo de imitar la santificación de Dios (Lev. 11 :44), nuestra pureza implica desprenderse de toda escoria de defecto y de pecado. En efecto, puro es lo que es aquello que se denomina como tal, sin mezcla, a imitación de Dios, que es el puro e infinito Ser (Ex 3: 14-15), sin mezcla del no-ser. Así decimos que algo es "de oro puro" cuando todo ello es oro y sólo oro. Esta pureza interior, sin mezcla, es la expresada en Mat 5:8; 6:22-24; 1.a Cor. 5:7; 1.a Jn. 2: 15, comp. con Mat. 6:24; Luc. 16: 13). Ahora bien, el vocablo "puro" se deriva del griego "pyr" = fuego, porque todo metal se purifica cuando es acrisolado por el fuego. De ahí que el cap. 12 de Hebreos, en el que domina la idea de purificación del creyente, se cierre con la frase de Deut. 4:24: "porque nuestro Dios es fuego consumidor" (Heb. 12:29). Pero Dios sólo consume la escoria, no el oro. Por eso, el creyente, como el pueblo elegido, simbolizado en la zarza ardiendo de Ex 3:2, arde sin consumirse. Dios lo prueba y castiga pedagógicamente, para que no sea consumido con el mundo (I Cor. 11: 30-32).


¿Qué debe hacer el creyente para colaborar en esta constante purificación de su andadura cristiana?

Algo tan ineludible como es el tomar su cruz cada día, para ser verdadero discípulo, es decir, para ir en seguimiento del Maestro (Mt. 10:38; 16:24; Mc. 8:34; 10:21; Luc 9:23; 14:27). Seguir a Cristo comporta, pues, la crucifixión del "yo". No del genuino "yo" (la auténtica personalidad que Dios creó en nosotros), sino del falso "ego" que han configurado nuestros pecados. Para ese falso "yo" que llevamos dentro, lo espiritual es una necedad y la cruz de Cristo es una locura (l.a Cor. 1: 18¬23; 2: 14). Por eso, para que cambie nuestra mentalidad en el arrepentimiento (Mc. 1: 15) y se vaya renovando nuestro entendimiento (Rom. 12:2), es preciso que nuestros pensamientos se rindan cautivos a la obediencia de Cristo por la fe (Rom. 1:5; 16:26; I Cor. 10:5). Como advierte Chesterton, nuestra razón busca la rotundidad de la esfera, mientras la fe nos exige la contradicción de la cruz. En efecto, una cruz es un conjunto de dos palos cruzados: nuestra voluntad que se cruza con la voluntad de Dios. Por eso, toda tribulación, toda "cruz" resulta amarga en la medida en que expresa un conflicto con el pecado. De ahí que el creyente que no acepta su condición crucificada con Cristo al propio "yo" y al mundo, se ve obligado a soportar una tensión que le atormenta. Como bellamente expresa Thomas Brooks, "los cristianos imperfectos experimentan esta dolorosa tensión, porque son demasiado buenos para ser felices con el mundo, y demasiado defectuosos para ser felices sin el mundo".

La crucifixión del cristiano adquiere tres dimensiones especificadas por el Apóstol en su epístola a los fieles de Galacia, puesto que tres son también las dimensiones de la conducta: la relación con Dios, consigo mismo y con el prójimo. Estas tres dimensiones éticas de la conducta humana eran perfectas antes de la caída, pero se echaron a perder al deteriorarse la imagen de Dios en el hombre. Al estar ahora falsificadas por una relación incorrecta con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo, han de ser crucificadas, como hacía el Apóstol:

1. Su relación santa con Dios exigía la crucifixión del propio "yo" para que fuese Cristo quien viviese en él (Gál. 2:20)

2. Después menciona la crucifixión de la carne con sus pasiones y deseos (Gál. 5:24), para recobrar en Cristo la unidad interior de que gozaban nuestros primeros padres antes de la caída (Gen 2:25; 3:7-8)

3. Finalmente, el creyente queda crucificado al mundo (Gál. 6: 14): en la medida en que él renuncia a lo mundano, los mundanos están en contra de él (1.a Pedro 4:3-4).



_____________________________________________________________
Por Francisco Lacueva, Pequeño Extracto del libro: CFTE TOMO X "ÉTICA CRISTIANA"

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Déjenos su comentario