jueves, julio 26, 2012

La Hez del Mundo - Leonard Ravenhill

Por Leonard Ravenhill

¿Qué es la hez del mundo? (1.a Corintios 4:13). ¿Es la polilla social de la cual nace el sindicato del crimen? ¿Es el genio del mal operando en las esferas internacionales? ¿Es Babilonia? ¿Es Roma? ¿Es el pecado? ¿Es una legión de malos espíritus que llevan este repulsivo título? ¿Qué es...?

Un millar de suposiciones sobre esta pregunta podría traer un millar de respuestas diferentes, todas desacertadas. La verdadera respuesta es la misma antítesis de lo que podríamos esperar. Esta «hez del mundo» no son hombres ni demonios. No es lo malo, sino lo bueno —y no solamente bueno, sino lo mejor de todo—. No es material, sino espiritual; no es de Satanás, sino de Dios. No es la Iglesia, sino un santo. No es sólo un santo, sino lo más santo de entre los santos. «Nosotros los apóstoles —dice Pablo— somos la hez de este mundo.» Luego, para añadir injuria al insulto, eleva la infamia y profundiza la humillación, añadiendo: (Nosotros los apóstoles somos) «la escoria de todas las cosas» (1.a Corintios 4:13).

Cualquier hombre que se ha llamado a sí mismo «hez de la tierra» no tiene ambiciones y, por tanto, no tiene por qué estar celoso de nada. No se atribuye reputación; por tanto, no tiene por qué pelear con nadie. No tiene posesiones; por tanto, no tiene por qué preocuparse. No tiene derechos; por tanto, no tiene razón para sufrir agravios. ¡Bendito estado! Se considera muerto; por tanto, nadie puede matarle. En tal estado de mente y de espíritu, ¿puede alguien maravillarse de que los apóstoles transformaran al mundo? Que los creyentes ambiciosos de hoy día consideren esta actitud apostólica hacia el mundo. Que el popular evangelista viviendo al estilo Hollywood reflexione sobre sus caminos.

Lo que dolía a Pablo más que sus ciento noventa y cinco azotes, tres apedreamientos y tres naufragios, era la crítica contenciosa y carnal de la gente de Corinto. Esta iglesia estaba dividida por rivalidades carnales —y por dinero—. Algunos habían subido a las alturas de la fama y eran los primeros comerciantes de la ciudad. Por esto Pablo les dice: «Vosotros habéis reinado como reyes sin nosotros.» Considerad los contrastes de 1.a Corintios 4:8: «Vosotros estáis llenos, sois ricos, habéis reinado como reyes sin nosotros. Nosotros somos necios por amor de Cristo, débiles, despreciados...; andamos desnudos y vagabundos (vers. 11). Somos hecho un espectáculo al mundo, a los hombres y a los ángeles.»

No era difícil para Pablo, después de todo esto, declararse a sí mismo el menor de todos, pero, luego, Pablo dirige toda esta verdad contra aquellos cuya fe había perdido su enfoque. Estos corintios estaban llenos, pero no eran libres. (Un hombre que ha escapado de su celda no es libre aunque haya podido arrojar de sí la cadena.) A Pablo le dolía que ellos tuvieran sobreabundancia y él nada; se queja de que su riqueza les había traído flaqueza de alma. Ellos tenían comodidad, pero no cruz; eran ricos, pero no traían el reproche de Cristo. No les dice que no son cristianos, sino que están buscando un camino sin espinas para ir al cielo. Por esto añade: «Ojalá que reinarais.» Si ellos estuvieran reinando, sería porque Cristo habría venido: el Milenio habría empezado. Y Pablo termina: «Para que nosotros reinásemos con vosotros.»

Pero ¿quién quiere ser deshonrado, despreciado, desprestigiado? Esta verdad es revolucionaria y transtorna toda nuestra corrompida enseñanza cristiana. ¿Quién se goza en ser estimado necio? ¿Es fácil ver nuestros nombres pisoteados como cosa mala? El régimen ateo rebaja a los hombres, Cristo los levanta. El verdadero Cristianismo es mucho más revolucionario que dicho sistema (aunque sin ser sangriento). Los tractores del mismo han tratado de allanar los montes de la riqueza y llenar los valles de la pobreza. Pensaron que por medio de la educación podían «enderezar los caminos torcidos», pero un Acta parlamentaria o una variación política no pueden traer el Milenio.

Pablo dijo acerca del apostolado: «Pobres, pero enriqueciendo a muchos.-» Gracias a Dios la bolsa de Simón el Mago no atrae la atención del Espíritu Santo. Si nosotros no hemos aprendido todavía cómo tratar con «el mamón  injusto», ¿cómo nos serán confiadas las verdadaderas riquezas?

Así que Pablo, un hombre social y materialmente en bancarrota, catalogado entre la «hez del mundo», pudo entender que, como hez, tendría que ser pisoteado por los hombres. Aun cuando podía responder a los filósofos epicúreos en la colina de Marte, sin embargo, por amor de Cristo, estaba dispuesto a ser tratado como loco. En cuanto a Jesús, el antagonismo del mundo fue fundamental y perfecto.

Hermanos, ¿es esto lo que elegimos? ¿Hay algo que nos irrite más que ser clasificados entre los indoctos e ignorantes? Sin embargo, un humilde pescador escribió el Apocalipsis, que todavía confunde a los eruditos. Estamos sufriendo hoy día una plaga de ministros que se preocupan más de llenar sus cabezas que de encender sus corazones. Si un predicador tiene inclinaciones por la cultura, que obtenga sus grados antes de entrar en el ministerio, pues cuando se encuentre ocupado en una labor tan importante, veinticuatro horas al día no le serán suficientes para llevar los nombres de su rebaño ante el gran Pastor y prepararles su alimento. El hecho es que las cosas espirituales tienen que ser discernidas espiritualmente (no psicológicamente). Ni Dios ni sus juicios han cambiado. Todavía es su prerrogativa «esconder las cosas de los sabios y entendidos y revelarlas a los niños». Y los niños, hermanos, no tienen intelectos colosales. La iglesia de esta hora se envanece a cada momento con los altos títulos de sus ministros, pero paraos un momento antes de envaneceros en la carne. Estamos teniendo una época muy baja en nacimientos espirituales. Y el diablo no se asusta hermano Apolos, de tu catarata de palabras elocuentes.

La línea de demarcación entre el mundo y el Cristianismo es bien distinta y significa descrédito. Los peregrinos de Juan Bunyan, pasando por la «Feria de Vanidad», eran todo un espectáculo. Su vestido, palabras, intereses y sentido de los valores se diferenciaban enteramente de la gente mundana. ¿Son así nuestras vidas hoy?

Durante la última guerra un general inglés dijo: «Tenemos que enseñar a nuestros hombres a odiar, pues si no odian no lucharán.» Hemos oído mucho (aunque no lo suficiente) respecto al amor perfecto, pero también necesitamos conocer el «airaos y no pequéis». El creyente lleno del Espíritu aborrecerá la iniquidad, la injusticia, la impureza y luchará contra todas estas cosas. Porque Pablo odiaba al mundo, el mundo odiaba a Pablo. Nosotros necesitamos también esta disposición a la oposición.

Stanley escribió su África oscura y el general Booth su Inglaterra oscura en medio de la más aplastante oposición. El primero vio los altos e impenetrables bosques con sus rugientes leopardos, sutiles serpientes y habitantes de las tinieblas. Guillermo Booth vio las calles de Inglaterra como Dios las veía, con su concupiscencia, pecado, juegos, prostitución, y levantó un ejército de Dios para combatir estas cosas. Nuestras aceras de enfrente son ahora nuestros campos de misión. No hagáis caso de la cultura y de las buenas maneras, pues una señora bien educada y de hablar suave puede estar tan lejos de Dios como una madre «Mau-Mau» vestida de hierba. Nuestras ciudades viven sumergidas en la impureza.

Un cristiano que llena su cerebro, noche tras noche, de cuentos de la televisión, llegará a tener un cerebro seco y un alma en bancarrota. Haría mejor de pedir a Dios que le quitara de este mundo, si está tan enamorado de esta edad licenciosa que la ceguera del pecado no arranca lágrimas de su alma. Cada calle de nuestras ciudades es un río de borracheras, divorcios, oscuridad diabólica y condenación. Si tomáis partido en contra de todo esto, no extrañéis, hermanos lectores, que el mundo os aborrezca. «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo.»

Pablo declara rotundamente: «El mundo me es crucificado a mí.» Esto está fuera del alcance de los cristianos del siglo xx. El Gólgota fue testigo de multitudes que venían a ver la humillación de los malhechores que allí eran ejecutados. El lugar de crucifixión era un carnaval de burla y menosprecio. Pero ¿quién iba a la mañana siguiente a ver las víctimas? Solamente las águilas y los buitres para arrancarles los ojos y destrozar sus costillas. El espectáculo tenía que ser repugnante. Del mismo modo, Pablo, crucificado al mundo, era repugnante para el mundo.

¿Podríamos nosotros repetir interiormente, con labios temblorosos, esta frase: El mundo me es crucificado a mi?l Sólo cuando seamos de tal modo «muertos al mundo», con toda su pompa y placeres pasajeros, podremos sentir la libertad que Pablo conoció. El hecho cierto es que nosotros, los seguidores de Cristo, respetamos al mundo, sus opiniones, alabanzas y títulos. Un crítico moderno dijo que los creyentes tenemos «el oro como nuestro Dios y la ciencia como credo». (El que se enoje es que le duele.) Sin embargo, en este mismo año de gracia conozco algunos creyentes de ambos lados del Atlántico que visten trajes de segunda mano a fin de ahorrar su dinero para la obra de Dios y que, como Pablo, se hacen necios por amor al Evangelio.

Este bendito hombre de Dios, para quien el mundo le era crucificado, era considerado como «loco». Sin embargo, Pablo presentó de tal modo su mensaje que otros buscaron su muerte porque su «negocio corría peligro». ¡Estos benditos apóstoles, con su santo y saludable desprecio del mundo, cómo nos avergüenzan! Como dijo cierto poeta:

Siguieron la senda que asciende hacia el cielo Con grandes peligros, angustia y dolor. ¡Oh Dios!, danos gracia, Espíritu y celo A fin de seguirles con igual fervor.

Pronto vendrá el «adiós a la mortalidad y bienvenida a la eternidad». Por esto te deseo, querido lector, un año de abnegado servicio para Aquel que tanto se sacrificó por nosotros, para que nosotros también podamos terminar nuestra carrera con gozo.



Hermanos, ¿vale la pena hacer tanto ruido juntándonos noche tras noche y mes tras mes, si nosotros mismos no estamos bien con Dios? Yo debo preguntarme a mí mismo: ¿es mi corazón puro?, ¿son mis manos limpias?
Comentario del Despertamiento en las Nuevas Hébridas.

Mi alma pide con fervor hacer tu voluntad, Pues si moriste Tú por mí, ¿qué me podrás negar?
Desconocido

El lugar de oración es fructífero lugar Do el Espíritu cobija, con cuidado maternal, Los mejores pensamientos que se hacen realidad. Los engendramientos de almas tan sólo tienen lugar En la cámara secreta de la oración, nada más.
Harold Brokke

El despertamiento no es más milagro que una cosecha de trigo. El despertamiento viene del cielo cuando almas heroicas entran en conflicto, determinadas a vencer o morir, o si es necesario, vencer y morir. «En el Reino de los cielos hace fuerza y los valientes lo arrebatan.»
Carlos C. Finney

La causa de Dios está encargada a los hombres. Dios mismo confía en los hombres. Los hombres de oración son los vicerregentes de Dios, que hacen su obra y llevan adelante sus planes.
E. M. Bounds

La oración es el remedio soberano.
Roberto Hall

La oración es el ácido que prueba la devoción.
Samuel Chadwick



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Por Leonard Ravenhill, extracto de su libro ¿Porqué no llega el avivamiento". Usado con permiso
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Conocido en el infierno - Leonard Ravenhill

Por Leonard Ravenhill

Algunos predicadores dominan sus asuntos y algunos asuntos dominan al predicador. De vez en cuando encontramos algún predicador que es dueño de ambas cosas y domina también su asunto.


El apóstol Pablo era de esta categoría. Miremos a Pablo en Efeso (Hechos 19): Siete hombres están tratando de usar una fórmula religiosa sobré una víctima del tipo de la de Gadara, pero el usar términos teológicos o versículos de la Biblia contra hombres poseídos por el demonio es tan ineficaz como lanzar bolas de nieve contra el peñón de Gibraltar con la esperanza de derribarlo. Un solo hombre controlado por el demonio fue un pugilista capaz de propinar una buena paliza a los siete tontos psicópatas. Mientras los siete hijos de Sceva huían por las calles descamisados y avergonzados, el hombre poseído por el espíritu inmundo aumentaba su guardarropía con siete trajes. Por esto los siete fugitivos, heridos y temerosos, se vieron obligados a contar la historia. De este modo Dios tornó su locura en gloria para Cristo, pues el nombre del Señor fue grandemente temido y ensalzado. Muchos espiritistas de aquella época fueron convertidos; judíos y griegos fueron salvos. Y en una hoguera pública destrozaron y quemaron libros de falsos cultos por valor de 50.000 piezas de plata.

Así se cumplió: «La ira del hombre te acarreará alabanza.» Escuchad el testimonio del demonio: «A Jesús conozco y sé quién es Pablo, pero vosotros, ¿quiénes sois?» 



Esta es la más alta alabanza que la tierra o el infierno pueden conceder a una persona: ser considerado por el enemigo como identificado con Jesús. ¿Cómo consiguió esto el apóstol Pablo? ¿Por qué los demonios conocían a Pablo? ¿Es que le habían apaleado también a él, o él les había apaleado a ellos? ¡Ciertamente! Considerad por un momento la historia de Pablo. Dios y Pablo estaban en términos muy íntimos. Le habían sido concedidas grandes revelaciones, sus servidores eran ángeles y sus humildes manos eran en gran manera poderosas. Sus palabras llenas de poder del Espíritu de Dios rompieron los grillos del alma de una muchacha atada por el demonio, a la cual los hombres usaban como adivina. En Corinto, la ciudad más corrompida del mundo greco-romano,, este poderoso Pablo cavó cimientos en el «Pantano del Desaliento» y a las mismas puertas de la corte diabólica estableció una iglesia. Más tarde arrebató almas frente a las mismas narices de César: miembros de su propia corte. Ante los reyes Pablo se hallaba como en su casa, pues dijo: «Me siento por dichoso, oh rey Agripa.» Pablo trastornó, asimismo, la capital intelectual del mundo (la colina de Marte) hablándoles de una verdad, la de la resurrección, que confundió a sus cultos oyentes. Mientras Pablo vivió, el infierno no tuvo paz.

¿Cuál era la armadura de Pablo? ¿Dónde había afilado su espada? Más de una vez Pablo usó la expresión: «Estoy persuadido», y aquí radicaba su secreto. Verdades reveladas le habían hecho sabio. La Palabra, como el Señor mismo, son inmutables. El áncora de Pablo estaba echada en las profundidades de la fidelidad de Dios. Su hacha de batalla era la Palabra del Señor; su fortaleza, la fe en esta Palabra. El Espíritu avisaba a Pablo de la próxima estrategia del adversario, cuyas maquinaciones no le eran ocultas; por esto el infierno sufría derrotas. Cuando unos hombres impíos quisieron asesinar a Pablo, un muchachito descubrió el complot y los hombres y los demonios tuvieron un fracaso.

La espiritualidad, que salva a los hombres del infierno y los preserva de pecados vulgares, es maravillosa, pero yo creo elemental. Cuando Pablo fue a la cruz, el milagro de la conversión y regeneración tuvo lugar; pero cuando más tarde llegó a la cruz, tuvo lugar el mayor milagro, el de su identificación con Cristo. Este es, creo yo, el mayor argumento del apóstol. Ser muerto y vivir al mismo tiempo. «Vosotros sois muertos», escribió Pablo a los Gálatas. Suponed que aplicamos esta expresión literalmente a nosotros mismos. ¿Somos nosotros muertos"! ¿Muertos a la alabanza y a la crítica? ¿Muertos a la moda y a la opinión humana? ¿Muertos de tal modo que no haya manera de que podamos ser identificados por los que conocían nuestra antigua vida? ¿Muertos de tal modo que no recibamos ofensa si otro obtiene alabanza por aquello que nosotros hicimos? ¡Oh dulce, sublime experiencia la de estar plenamente satisfechos por la presencia de Cristo en nuestras almas y nada más! Así podríamos cantar con Wesley:

Muertos al mundo y a sus vanidades, A sus pompas y vanos goces, Sea Jesús mi única gloria.

Sí, Pablo estaba muerto. Luego añade: «Pero vivo no ya yo.» El cristianismo es la única religión en el mundo en que el Dios de la persona vive dentro de ella. Pablo no luchó más con la carne (ni con la suya ni con la de ningún otro), luchó «contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas.» ¿No arroja esto mucha luz acerca de por qué el demonio dijo: «A Pablo conozco»! Pablo había estado luchando contra los poderes del demonio. (En estos días modernos, el arte de «atar y desatar», al cual Cristo se refiere y que Pablo conocía tan bien, es casi olvidado e ignorado.)

En el último momento de su terrena peregrinación Pablo declaró: «He peleado la "buena batalla".» Los demonios podían haber dicho amén a esta declaración, pues -ellos sufrieron más de Pablo que Pablo de ellos. Pablo era bien conocido en el infierno.

Otra áncora en la cual había Pablo sujetado su alma era en la ira de un Dios santo contra el pecado. «Estando, pues, poseído del temor del Señor, persuadimos a los hombres» (2.a Corintios 5:11). Pablo contaba a los hombres como perdidos. La otra noche vi una proyección luminosa sobre una pantalla, pero estaba borrosa y no significaba nada. Entonces la mano del operador enfocó la imagen. ¡Qué diferencia! Así nosotros, los cristianos, necesitamos la mano divina que enfoque ante nuestros ojos el cuadro de los hombres perdidos por la eternidad. Porque Pablo amaba a su Señor con un amor perfecto, aborrecía el pecado con un odio perfecto. Por esto él veía a los hombres, no sólo como pródigos, sino también como rebeldes; no sólo como náufragos de la justicia, sino como conspiradores en su maldad, que necesitaban ser perdonados o castigados. Con la fiereza de su amor, ardía de ira ante la injusticia de los hombres sujetos al poder de los demonios. Por eso su lema era: «Una cosa hago.» El no tenía intereses personales, no tenía ambiciones, no tenía por qué hacerse popular y apreciado de las gentes para que le invitaran a predicar o compraran sus libros. No tenía ambiciones; por lo tanto, ningún motivo para sentir envidia. No tenía reputación, y por tanto carecía de motivos para pelear con otros. No tenía posesiones, y por tanto no tenía necesidad de preocuparse. No tenía derechos, y por tanto no podía ser agraviado. Ya había sido quebrantado, así que nadie podía quebrantarlo; era muerto, nadie podía matarle. El era el menor entre los menores, así que nadie podía humillarle. Había sufrido la pérdida de todas las cosas, así que nadie podía defraudarle. ¿No echa todo esto alguna luz de por qué el diablo dijera: «A Pablo conozco» Por causa de este hombre, intoxicado del celo de Dios, el infierno sufría muchos quebraderos de cabeza.

Había todavía otra áncora a la cual el espíritu de este santo hombre se hallaba amarrado, y era la eficacia de la sangre de Jesús y su poder para salvar plenamente. «TODOS pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» —dice—, pero Cristo es poderoso para salvar eternamente a TODOS los que vienen a Dios por El. ¡Oh, que el mundo pueda conocer al Cordero que limpia de todo pecado! Para Pablo no había redención limitada. Era zelote y quería serlo. A la luz de un infierno eterno, ¿qué valor tenían las cosas perecederas? Y, en nuestro tiempo, ¿qué valor tienen los honores humanos? ¿Cuáles son los principios de la perdición? Que ahora mismo los hombres están PERDIDOS exactamente igual como lo serán cuando mueran. Ahora mismo los hombres están en el vértice del gran torbellino de iniquidad que por fin les engullirá al infierno eterno. ¿Es esto verdad? Pablo estaba convencido de que lo era. Entonces, ¡oh brazo del Señor, despiértate, vístete de fortaleza!» (Isaías 51:9) y hazme tu hacha de batalla y tus armas de guerra, me parece oír a Pablo decir.

Otra áncora en la que Pablo estaba asegurado era: «Ausente del cuerpo, pero presente al Señor» (2.a Corintios 5:8). ¡Nada de sueño de las almasl ¡Nada de estado intermedio! De la vida terrena a la vida eterna. Ante el pensamiento de la eternidad, el lenguaje le falta y la imaginación se detiene. Pablo podía escribir de sus azotes, prisiones, ayunos, cansancios, dolores, etc., como «una aflicción momentánea y leve», recompensada por el hecho de: «Así estaremos siempre con el Señor.» Todas las municiones de los demonios eran malgastadas cuando intentaban atacar a Pablo. ¿Os extrañáis de que uno de ellos dijera: «A Pablo conozco»

La verdad final a la cual Pablo había anclado su propia alma era: «DEBEMOS TODOS COMPARECER ANTE EL TRIBUNAL DE CRISTO» (2.a Corintios 5:10). El vivir ante los valores de la eternidad había quitado a la muerte su aguijón. Viviendo una vida recta (no tan sólo rectamente, sino según el modelo hallado en la Palabra Santa) no se preocupaba del después. Pablo había sido hecho tan semejante a la imagen del Hijo que podía decir: «Lo que habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, esto haced» (Filipenses 4:9). Copiar de otras copias, por lo general no es seguro; pero es seguro copiar de Pablo, pues él estaba plenamente rendido, totalmente santificado, completamente perfecto y «completo en Cristo».

¿Os extraña todavía que un demonio dijera: «A Pablo conozco»? ¡A mí no!



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Por Leonard Ravenhill, extracto del libro "¿Por qué no llega el avivamiento?". Usado con Permiso
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miércoles, julio 25, 2012

La Naturaleza del Verdadero Arrepentimiento - Thomas Watson

Por Thomas Watson – 
Editado y por compilado por Randy Lowe

Originalmente publicado en la Revista HeartCry, volumen 3, enero/febrero del 1998.

Les mostraré lo que es el arrepentimiento evangélico. El arrepentimiento es una gracia del Espíritu de Dios donde un pecador es humillado por dentro y es cambiado notablemente. Para una mayor ampliación, sepan que el arrepentimiento es una medicina hecha de ingredientes especiales. Si falta uno de esos ingredientes, el arrepentimiento pierde su virtud. 



Ingrediente 1: RECONOCIMIENTO DEL PECADO

La primera parte de la obra sanadora de Cristo es aplicar el ojo salvador. Es la gran cosa que se puede notar en el arrepentimiento del hijo prodigo: “volvió en sí”. 


Lucas 15:17 "Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!" 


Él se vio a sí mismo como un pecador y nada más que un pecador. Antes de que un hombre pueda ir a Cristo debe primero ir a sí mismo. Primero debe reconocer y considerar lo que es su pecado, y conocer la plaga que es el pecado en su corazón, antes de que pueda ser debidamente humillado por su pecado. La primera cosa que Dios hizo fue la luz. La primera cosa que Dios da a los pecadores es la iluminación. El ojo fue hecho para ver y para llorar. El pecado primero debe ser visto antes de que podamos llorar por el. Por lo tanto, yo infiero que si alguien no puede ver su pecado, no puede arrepentirse. Muchos que buscan faltas en otros, no ven ninguna en ellos mismos. Ellos dicen que ellos tienen corazones buenos. ¿No es extraño que dos vivan juntos, sin que se conozcan el uno al otro? Ese es el caso del pecado. Su cuerpo y su alma viven juntas, y sin embargo es inconsciente de sí mismo. Él no conoce su propio corazón. Debajo de un velo, está oculto un rostro deformado. Las personas están veladas con ignorancia y amor propio. Por lo tanto, ellos no ven cuan deformada están sus almas.

Ingrediente 2: PENA POR EL PECADO
Ambrosio llama pena a la amargura del alma. La palabra Hebrea “estar apenado” significa, “tener el alma como si esta estuviera crucificada”. Esto debe ocurrir en el verdadero arrepentimiento:


Isaías 12:10 “mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán”

Llorarán como si sintieran los clavos de la cruz entrando en sus propios cuerpos. Una mujer puede esperar tener un niño sin dolor, como alguno puede tener arrepentimiento sin culpa. El que pueda creer sin dudas, debe sospechar de si su fe es verdadera; y el que se pueda arrepentirse sin pena, debe sospechar de si su arrepentimiento es verdadero. 



La verdadera pena por el pecado no es superficial: es una agonía santa. Es llamada en Las Escrituras “un espíritu quebrantado”. (Salmos 51:17); y “un rasgado del corazón” (Joel 2:13). 

Salmos 51:17 "Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios." 


Joel 2:13 "Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo"




Ingrediente 3: CONFESION DEL PECADO
Este pesar es una pasión vehemente que tendrá que ventilarse, liberarse, salirse, soltarse. Esta tristeza se ventila a sí misma en los ojos al llorar y en la boca al confesar: 


Nehemías 9:2 “Y ya se había apartado la descendencia de Israel de todos los extranjeros; y estando en pie, confesaron sus pecados, y las iniquidades de sus padres." 


Oseas 5:15 "Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán."


La confesión es una acusación a uno mismo. 



2 Samuel 24:17 "Y David dijo a Jehová, cuando vio al ángel que destruía al pueblo: Yo pequé, yo hice la maldad; ¿qué hicieron estas ovejas? Te ruego que tu mano se vuelva contra mí, y contra la casa de mi padre."


 Esto no es común entre los hombres. Los hombres nunca quieren acusarse ellos mismos, pero cuando venimos ante Dios, nos debemos acusar nosotros mismos. De hecho, el pecador humilde hace más que acusarse a sí mismo; él se sienta en el juicio, y emite sentencia contra él mismo. Él confiesa que merece estar bajo la ira de Dios.

Ingrediente 4: VERGÜENZA POR EL PECADO
El cuarto ingrediente del arrepentimiento es la vergüenza: 


Ezequiel 43:10 Tú, hijo de hombre, muestra a la casa de Israel esta casa, y avergüéncense de sus pecados; y midan el diseño de ella. 


El sonrojarse es el color de la virtud. Cuando el corazón se ha vuelto negro por el pecado, la gracia enrojece el rostro con el sonrojamiento: 


“Esdras 9:6 y dije: Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti, porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo. 


El hijo prodigo estuvo tan avergonzado de sus pecados que pensó que no era digno de que su Padre lo tratara como a su hijo. 


Lucas 15:21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. 


El arrepentimiento causa una vergüenza santa
Ingrediente 5: ABORRECIMIENTO DEL PECADO

El quinto ingrediente del arrepentimiento genuino es el aborrecimiento del pecado. Hay un aborrecimiento, un odio hacia las abominaciones:


Ezequiel 36:31 Y os acordaréis de vuestros malos caminos, y de vuestras obras que no fueron buenas; y os avergonzaréis de vosotros mismos por vuestras iniquidades y por vuestras abominaciones. 

Una persona que se arrepiéntete de verdad es un aborrecedor del pecado. Si el hombre odia lo que hace que su estomago enferme, mucho más odiará lo que hace que se conciencia se enferme. Aborrecer el pecado es más que dejarlo. Uno puede dejar el pecado por temor, pero la repugnancia y aborrecimiento del pecador es un odio hacia éste. Cristo nunca es amado hasta que el pecado es odiado. El cielo nunca es anhelado hasta que el pecado es aborrecido. El arrepentimiento genuino comienza en el amor de Dios y termina en el aborrecimiento del pecado.

Ingrediente 6: VOLVERSE DEL PECADO
El sexto ingrediente del arrepentimiento es volverse del pecado. El verdadero arrepentimiento, como un acido cítrico, destruye la cadena de hierro del pecado. 


Ezequiel 14:6 “Por tanto, di a la casa de Israel: Así dice Jehová el Señor: Convertíos, y volveos de vuestros ídolos, y apartad vuestro rostro de todas vuestras abominaciones.” 


Ese volverse del pecado es llamado un “dejar el pecado”. 


Isaías 55:7 Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. 


Es llamado un “echar de uno la iniquidad”.


Job 11:14 Si alguna iniquidad hubiere en tu mano, y la echares de ti, Y no consintieres que more en tu casa la injusticia.


La muerte del pecado es la vida del arrepentimiento. El mismo día que un cristiano se vuelve del pecado, debe comenzar poner al pecado en un ayuno perpetuo. El ojo debe ayunar de miradas impuras. El oído debe ayunar de escuchar chismes. La lengua debe ayunar de ofensas. Las manos debes ayunar de dar soborno. Los pies deben ayunar del camino de ir a la prostituta. Y el alma debe ayunar de amar la perversidad. Este volverse del pecado implica un cambio notable. Hay un cambio radical en el corazón. En el arrepentimiento, Cristo convierte el corazón de piedra en un corazón de carne.

Hay un cambio radical en la vida. Volverse del pecado es algo tan visible que otros pueden darse cuenta. Es llamado un cambio de la oscuridad a la luz. 


Efesios 5:8 Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz. 


Un barco esta yendo al este; y viene un viento y lo cambia al oeste. Igualmente, un hombre está yendo al infierno antes de que el viento contrario del Espíritu Santo sople, cambie su dirección y cause que navegue al cielo. El arrepentimiento produce un cambio visible en una persona, que hace que parezca como si otra alma hubiese tomado lugar en el mismo cuerpo.



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El texto completo de “La Naturaleza del Verdadero Arrepentimiento” puede ser encontrado en Doctrine of Repentance, escrito por Thomas Watson. Paginas 18-58. Este libro es publicado por Banner of Truth.

Tomas Watson vivió desde 1620-1686 y publico un libro por primera vez en 1668. Watson fue un gigante espiritual de sus días y quizás es el más popular de todos los puritanos ingleses. Durante los años de su ministerio en Londres él ganó la reputación de un hombre poderoso en la oración. Él majestuosamente aplicó Las Escrituras al corazón humano. Su forma directa de enseñar es muy necesitada en los pulpitos modernos. 

Fuente: http://www.heartcry.es
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domingo, julio 22, 2012

La conquista Divina - A. W. Tozer (Libro Gratis en Pdf)

El siguiente libro es distribuido gratuitamente por editorial Clie. 


«Este libro contiene medicina fuerte», dice William Culbertson, anterior presidente del Instituto Bíblico Moody, en su Introducción:

«amarga a la boca, pero potente si se toma con contrición y fe... Para una generación satisfecha en su presunción... la medicina puede ser demasiado amarga. Sólo los que han perdido toda esperanza se beneficiarán... »

El autor es un profeta, un hombre de Dios. Su vida, lo mismo que sus sermones, son testimonio de ello. Aquí habla; no, más bien predica; no, más bien truena el mensaje de Dios para aquellos de nosotros que estamos terriblemente empobrecidos, aunque creemos que somos ricos y que de nada tenemos necesidad. No tengas miedo de los truenos... Ni temas los osados y acerados golpes del rayo... Para todos los que escuchen, para todos los que obedezcan, aquí tenemos la respuesta de Dios a nuestra necesidad: Él mismo.



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La vida Llena del Espíritu - A. W. Tozer

Por A. W. Tozer

"Sed Llenos del Espíritu" Efesios 5:18

Dificilmente podría parecer cuestión a discutir el hecho de que cada cristiano puede y debería ser lleno del Espíritu Santo. Pero algunos argüirán que el Espíritu Santo no es para el común de los cristianos, sino sólo para los ministros y misioneros. Otros mantienen que la medida del Espíritu recibida en la regeneración es idéntica a la recibida por los discípulos en Pentecostés, y que cualquier esperanza de una plenitud adicional después de la conversión se basa simplemente en el error. Unos pocos expresarán una lánguida esperanza de que algún día puedan ser llenados, y aun otros evitarán la cuestión como una acerca de la que conocen bien poco y que sólo podría causarles embarazo.

Quiero aquí declarar osadamente que es mi feliz creencia que cada cristiano puede tener un copioso derramamiento del Espíritu Santo en una medida mucho más allá de la recibida en la conversión, y podría decir también que mucho más allá de la recibida por el común de los creyentes ortodoxos en la actualidad.

Es importante que aclaremos esto, porque la fe es imposible hasta que las dudas sean eliminadas. A un corazón que duda, Dios no lo sorprenderá con una efusión del Espíritu Santo, ni llenará a nadie que ponga en tela de juicio la posibilidad de ser llenado.

A fin de eliminar dudas y de crear una expectativa confiada, recomiendo un estudio reverente de la misma Palabra de Dios. Estoy dispuesto a descansar mi causa en las enseñanzas del Nuevo Testamento. Si un examen cuidadoso y humilde de las palabras de Cristo y de sus apóstoles no nos conduce a creer que podemos ser llenos ahora con el Espíritu Santo, no veo entonces razón alguna para buscar en ningún otro lugar. Porque poco importa lo que hayan dicho éste o aquel maestro religioso en favor o en contra de la proposición. Si la doctrina no se enseña en las Escrituras, no puede entonces ser sustentada por medio de ningún argumento, y todas las exhortaciones que se puedan presentar carecen totalmente de valor.


No presentaré aquí un alegato en favor de la afirmativa. Que el indagador examine la evidencia por sí mismo, y si decide que no hay Justificación en el Nuevo Testamento para creer que puede ser lleno del Espíritu, que cierre este libro y se ahorre la molestia de seguir leyendo. Lo que digo de aquí en adelante se dirige a aquellos hombres y mujeres que han salido de dudas y
que están confiados en que cuando afronten las condiciones pueden realmente ser llenos del Espíritu Santo.

Antes que alguien pueda ser llenado por el Espíritu debe estar seguro que quiere estarlo. Y esto se debe tomar en serio. Muchos cristianos quieren ser llenados, pero el deseo de ellos es de un tipo vago y romántico que apenas si merece ser llamado deseo. Casi no tienen ningún conocimiento de lo que les costará el obtenerlo.

Imaginemos que estamos hablando con un indagador, un Joven y anhelante cristiano, digamos, que nos ha buscado para aprender acerca de la vida llena del Espíritu. De una manera tan gentil como sea posible, considerando la naturaleza directa de las preguntas, sondearíamos su alma de una manera más o menos así:

«¿Estás seguro de que quieres ser lleno de un Espíritu que, aunque es como Jesús en su gentileza y amor, exigirá no obstante ser el Señor de tu vida? ¿Estás dispuesto a que tu personalidad sea tomada por otro, aunque se trate del mismo Espíritu de Dios?

Si el Espíritu toma tu vida a su cargo, esperará de ti una obediencia total en todo. No tolerará en ti los pecados del yo, aunque sean permitidos y excusados por la mayoría de los cristianos. Por pecados del yo me refiero al amor propio, a la autocompasión. a buscar lo propio, a la autoconfianza, a la Justicia propia, al engrandecimiento propio, a la autodefensa. Descubrirás que el Espíritu está en acusada oposición a los caminos fáciles del mundo y de la multitud mezclada dentro de los recintos de la religión. Será celoso sobre ti para bien. No te permitirá que te Jactes, que te magnifiques o que te exhibas. Tomará la dirección de tu vida alejándote de ti. Se reservará el derecho de ponerte a prueba, de disciplinarte, de azotarte por causa de tu alma. Puede que te prive de muchos de aquellos placeres fronterizos que otros cristianos disfrutan pero que para ti son una fuente de refinado mal. En todo ello, te envolverá Él en un amor tan vasto, tan poderoso, tan inclusivo, tan maravilloso, que tus mismas pérdidas te parecerán ganancias, y tus pequeños dolores como placeres. Pero la carne gemirá bajo su yugo y clamará en contra de ello como una carga demasiado pesada para ser llevada. Y se te permitirá gozar del solemne
privilegio del sufrimiento para completar «lo que falta de las aflicciones de Cristo» en tu carne por causa de su cuerpo, que es la Iglesia. Ahora bien, con estas condiciones ante ti, ¿sigues queriendo estar lleno del Espíritu Santo?»

Si esto parece severo, recordemos que el camino de la cruz nunca es fácil. El brillo y oropel que acompañan a los movimientos religiosos populares son tan falsos como el resplandor en las alas del ángel de las tinieblas cuando por un momento se transforma en ángel de luz. La timidez espiritual que teme mostrar la cruz en su verdadero carácter no debe ser excusada con ningún tipo de razones. Puede resultar sólo en frustración y tragedia como fin.

Antes que podamos ser llenos con el Espíritu, el deseo de ser llenado debe ser consumidor. Debe ser en aquel momento lo más grande en la vida, algo tan agudo, tan intrusivo, que no deje lugar a nada más. El grado de plenitud en cualquier vida concuerda perfectamente con la intensidad del verdadero deseo.


Tenemos tanto de Dios como realmente queremos.

Un gran estorbo para la vida llena del Espíritu es la teología de la autocomplacencia, tan extensamente aceptada entre los cristianos evangélicos en la actualidad. Según este punto de vista, un deseo agudo es una evidencia de incredulidad y una prueba del desconocimiento de las Escrituras. Una refutación suficiente de esta postura la dan la misma Palabra de Dios y el hecho de que siempre fracasa en producir verdadera santidad entre los que la mantienen. Luego, dudo acerca de si alguien recibió Jamás el aflato (soplo) divino que aquí nos ocupa, si no experimentó al principio un período de profunda ansiedad y de agitación interior. La satisfacción religiosa es siempre enemiga de la vida espiritual. 



Las biografías de los santos enseñan que el camino a la grandeza espiritual ha
sido alcanzado siempre por medio de mucho sufrimiento y dolor interior. 




La frase «el camino de la cruz», aunque ha llegado a denotar en algunos círculos algo muy hermoso e Incluso placentero, sigue significando para el verdadero cristiano lo que siempre ha significado: el camino del rechazamiento y de la pérdida. Nadie Jamás gozó una cruz, así como nadie Jamás gozó una horca.

El cristiano que busca cosas mejores y que para su consternación se ha encontrado en un estado de total desesperanza en cuanto a si mismo no tiene por qué desalentarse. La desesperanza del yo, cuando va acompañada
de fe, es una buena amiga, porque destruye uno de los más poderosos enemigos y prepara al alma para la ministración del Consolador. Un sentimiento de una absoluta vaciedad, de desaliento y de tiniebla puede (si estamos alerta y conocedores de lo que está sucediendo) ser la sombra en el valle de sombras que conduce a aquellos campos feraces que se encuentran después de él. Si lo entendemos mal y nos resistimos a la
visitación de Dios, podemos perdernos totalmente cada uno de los beneficios que tiene en mente un bondadoso Padre celestial para nosotros. Si cooperamos con Dios, Él quitará los consuelos naturales que nos han servido como madre, y que durante tanto tiempo nos han sido nuestro sustento, y nos pondrá allí donde no podemos recibir ayuda alguna excepto la del mismo Consolador. Nos quitará aquella cosa falsa que los chinos llaman «rostro» y nos mostrará lo penosamente pequeños que somos.
Cuando haya acabado su obra en nosotros, sabremos lo que quería decir el Señor cuando dijo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu.»

Está seguro, sin embargo, que en esta penosa disciplina no seremos abandonados por nuestro Dios. Él nunca nos dejará ni nos abandonará, ni se irritará contra nosotros ni nos reprenderá. Él no quebrantará su pacto ni mudará lo que ha salido de su boca. Él nos guardará como la niña de su ojo y vigilará sobre nosotros como una madre vigila sobre su hijo. Su amor no fallará ni siquiera cuando nos lleve a través de esta experiencia de autocrucifixión, tan real y tan terrible, que sólo podamos expresarla clamando: « ¡Dios mío. Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»

Ahora bien, pongamos en claro nuestra teología acerca de todo esto. No hay en todo este penoso desnudamiento ni el más remoto concepto de mérito humano. La «oscura noche del alma» no conoce ni un solo tenue rayo de la traicionera luz de la pretensión de Justicia propia. No es mediante el sufrimiento que ganamos la unción que anhelamos, ni nos hace más queridos para Dios esta devastación del alma, ni nos da favor adicional ante sus ojos. El valor de la experiencia del desnudamiento reside en su poder de desligamos de los intereses pasajeros de la vida y de ponernos de cara a la eternidad. Sirve para vaciar nuestros vasos terrenales y para preparamos para la llenura del Espíritu Santo.
La llenura del Espíritu, así, demanda que entreguemos nuestro todo, que suframos una muerte Interior, que libremos nuestros corazones de la acumulación de siglos de basura adánica y que abramos todas nuestras estancias al Huésped celestial.

El Espíritu Santo es una Persona viviente y debería ser tratado como tal Persona. Jamás debemos pensar en Él como una energía ciega ni como una fuerza impersonal. Él escucha y ve y siente lo mismo que cualquier otra persona. Habla y nos oye hablar. Podemos complacerle o agraviarle o silenciarle lo mismo que a otra persona. Él responderá a nuestro tímido esfuerzo por conocerle y siempre nos encontrará a mitad del camino.

Por maravillosa que sea la experiencia de crisis de ser llenado con el Espíritu, debiéramos recordar que se trata sólo de un medio para algo mayor: esta cosa mayor es el caminar toda la vida en el Espíritu, habitados, dirigidos, enseñados y energizados por su poderosa Persona. Y la continuidad de este andar en el Espíritu demanda el cumplimiento de ciertas condiciones. Éstas nos son establecidas en las Sagradas Escrituras, y están ahí para que las veamos todos.

El andar llenos del Espíritu exige, por ejemplo, que vivamos en la Palabra de Dios como un pez vive en el agua. Con esto no me refiero meramente a que estudiemos la Biblia ni que tomemos un «curso» de doctrina bíblica. Me refiero a que deberíamos «meditar día y noche» en la Palabra sagrada, que debiéramos amarla, hacer de ella un festín y digerirla cada hora del día y de la noche. Cuando los negocios de la vida atraigan nuestra atención debemos, sin embargo, por una especie de bendito reflejo mental, mantener siempre ante nuestras mentes la Palabra de Verdad.

Entonces, si queremos complacer al Espíritu que mora en nosotros, debemos estar absolutamente absortos con Cristo. La presente honra del Espíritu es honrarle, y todo lo que Él hace tiene esto como fin último. Y debemos hacer de nuestros pensamientos un limpio santuario para su santa morada. Él mora en nuestros pensamientos, y los pensamientos sucios le son tan repugnantes a Él como lo es el lino sucio para un rey.
Por encima de todo debemos tener una fe llena de aliento que nos mantendrá en fe por muy radical que sea la fluctuación en nuestros estados emotivos.

La vida ocupada por el Espíritu no es una edición especial «deluxe» del cristianismo que pueda ser disfrutada por unos pocos privilegiados que tengan la suerte de estar hechos de un material más bueno y sensible que el resto. Se trata más bien del estado normal de cada persona redimida por todo el mundo.

Es «el misterio que había estado oculto desde los siglos y generaciones pasadas, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuáles son las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria» (Colosenses 1:26).

Faber, en uno de sus dulces y reverentes himnos, dirigió esta dulce palabra al Espíritu Santo:

Océano, amplio océano eres Tú,
De amor increado;
Tiemblo mientras en mi alma
Tus aguas mover siento.
Tú un mar sin orilla eres:
Eres terrible, de gran extensión;
Mar que puede a sí mismo contraerse
Dentro de mí pequeño corazón


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Por Aiden Wilson Tozer, pequeño extracto del libro, "La conquista divina", Cap X

La constante purificación de nuestra andadura - Francisco Lacueva

Por Francisco Lacueva

De la misma manera que los israelitas cometieron muchas infidelidades en su peregrinación por el desierto y tuvieron que ser castigados por Dios, así también nuestra andadura espiritual por el desierto de esta vida requiere una constante labor de purificación. La purificación es, por decido así, la cara negativa de la santificación, y es necesaria para llegar al parecido final con Cristo (1a Jn 3:3).

Habiendo de imitar la santificación de Dios (Lev. 11 :44), nuestra pureza implica desprenderse de toda escoria de defecto y de pecado. En efecto, puro es lo que es aquello que se denomina como tal, sin mezcla, a imitación de Dios, que es el puro e infinito Ser (Ex 3: 14-15), sin mezcla del no-ser. Así decimos que algo es "de oro puro" cuando todo ello es oro y sólo oro. Esta pureza interior, sin mezcla, es la expresada en Mat 5:8; 6:22-24; 1.a Cor. 5:7; 1.a Jn. 2: 15, comp. con Mat. 6:24; Luc. 16: 13). Ahora bien, el vocablo "puro" se deriva del griego "pyr" = fuego, porque todo metal se purifica cuando es acrisolado por el fuego. De ahí que el cap. 12 de Hebreos, en el que domina la idea de purificación del creyente, se cierre con la frase de Deut. 4:24: "porque nuestro Dios es fuego consumidor" (Heb. 12:29). Pero Dios sólo consume la escoria, no el oro. Por eso, el creyente, como el pueblo elegido, simbolizado en la zarza ardiendo de Ex 3:2, arde sin consumirse. Dios lo prueba y castiga pedagógicamente, para que no sea consumido con el mundo (I Cor. 11: 30-32).


¿Qué debe hacer el creyente para colaborar en esta constante purificación de su andadura cristiana?

Algo tan ineludible como es el tomar su cruz cada día, para ser verdadero discípulo, es decir, para ir en seguimiento del Maestro (Mt. 10:38; 16:24; Mc. 8:34; 10:21; Luc 9:23; 14:27). Seguir a Cristo comporta, pues, la crucifixión del "yo". No del genuino "yo" (la auténtica personalidad que Dios creó en nosotros), sino del falso "ego" que han configurado nuestros pecados. Para ese falso "yo" que llevamos dentro, lo espiritual es una necedad y la cruz de Cristo es una locura (l.a Cor. 1: 18¬23; 2: 14). Por eso, para que cambie nuestra mentalidad en el arrepentimiento (Mc. 1: 15) y se vaya renovando nuestro entendimiento (Rom. 12:2), es preciso que nuestros pensamientos se rindan cautivos a la obediencia de Cristo por la fe (Rom. 1:5; 16:26; I Cor. 10:5). Como advierte Chesterton, nuestra razón busca la rotundidad de la esfera, mientras la fe nos exige la contradicción de la cruz. En efecto, una cruz es un conjunto de dos palos cruzados: nuestra voluntad que se cruza con la voluntad de Dios. Por eso, toda tribulación, toda "cruz" resulta amarga en la medida en que expresa un conflicto con el pecado. De ahí que el creyente que no acepta su condición crucificada con Cristo al propio "yo" y al mundo, se ve obligado a soportar una tensión que le atormenta. Como bellamente expresa Thomas Brooks, "los cristianos imperfectos experimentan esta dolorosa tensión, porque son demasiado buenos para ser felices con el mundo, y demasiado defectuosos para ser felices sin el mundo".

La crucifixión del cristiano adquiere tres dimensiones especificadas por el Apóstol en su epístola a los fieles de Galacia, puesto que tres son también las dimensiones de la conducta: la relación con Dios, consigo mismo y con el prójimo. Estas tres dimensiones éticas de la conducta humana eran perfectas antes de la caída, pero se echaron a perder al deteriorarse la imagen de Dios en el hombre. Al estar ahora falsificadas por una relación incorrecta con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo, han de ser crucificadas, como hacía el Apóstol:

1. Su relación santa con Dios exigía la crucifixión del propio "yo" para que fuese Cristo quien viviese en él (Gál. 2:20)

2. Después menciona la crucifixión de la carne con sus pasiones y deseos (Gál. 5:24), para recobrar en Cristo la unidad interior de que gozaban nuestros primeros padres antes de la caída (Gen 2:25; 3:7-8)

3. Finalmente, el creyente queda crucificado al mundo (Gál. 6: 14): en la medida en que él renuncia a lo mundano, los mundanos están en contra de él (1.a Pedro 4:3-4).



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Por Francisco Lacueva, Pequeño Extracto del libro: CFTE TOMO X "ÉTICA CRISTIANA"

sábado, julio 21, 2012

Un Falso Evangelio está Destruyendo el Cristianismo Bíblico



¡CUIDADO! UN EVANGELIO FALSO ESTA DESTRUYENDO EL CRISTIANISMO BÍBLICO
Por David Wilkerson

“Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes. Entonces le llamó y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo” (Lc. 16:1-2).

Jesús habló de cierto hombre rico que oyó un reporte de que uno de sus mayordomos estaba malgastando sus posesiones. Así que lo llamó a que le diera cuentas, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Entrega cuenta de tu mayordomía, porque ya no serás mayordomo”.

Esta parábola es muy importante para el cuerpo de Cristo ahora. Es la trágica historia de un siervo de Dios que pierde su poder y unción y termina ofreciendo un evangelio rebajado y barato. El hombre rico de esta parábola es Cristo mismo en quien moran todas las riquezas de gloria. El mayordomo que está siendo despojado de la autoridad es cualquiera a quien le ha sido confiada la Palabra de Dios, pero que ha sido hallado culpable de desperdiciar los recursos de su Señor.

Este mayordomo era culpable de malgastar las posesiones de su señor, una acusación que se podría hacer en nuestros días en contra de multitud de ministros, de obreros cristianos y de ovejas. ¡Qué desperdicio vemos en el reino de Dios hoy en día!


1. Los Elegidos de Dios desperdician tiempo, el más precioso recurso que el cielo pudo confiar a la humanidad.

Los pastores ungidos de Dios, maestros y evangelistas son tan culpables como las multitudes del redil que sólo buscan los placeres. Los mayordomos del evangelio deberían estar redimiendo el tiempo y no malgastándolo en pasatiempos, deportes, recreación y la televisión. Muéstrame un hombre de Dios que se sienta enfrente del ídolo de la televisión, desperdiciando horas preciosas, perturbando su alma y su mente con la corrupción del infierno, y yo te mostraré a un mayordomo injusto a quien Dios traerá a cuentas y le despojará de toda autoridad espiritual.

Este mayordomo se consintió a sí mismo. El tomó los recursos de su amo y se los derramó encima. Uno pensaría que todas las riquezas eran solamente suyas, por la manera en que se gastaba los recursos y en que se consentía a sí mismo. Hoy vemos este triste espectáculo en la iglesia, a cristianos yendo de un lado para otro, desperdiciando los recursos divinos sin saber que Dios les va a pedir cuentas por ese desperdicio.


2. El poder, otro de los gloriosos recursos de Cristo, está siendo egoísta y tontamente malgastado.

Los reyes del poder en la casa de Dios son aquellos que malgastan el poder de su amo para justificarse a sí mismos. Quieren ser conocidos y respetados como profetas, como los hombres del momento, buscados como poderosos guerreros de fe, acción y poder. Aman el aplauso de los hombres, la adulación como para un héroe; les gusta ir por ahí oyendo esas palabras de autoaprobación. “¡Miren, ahí esta! ¡Ahí va ese poderoso hombre de fe, acción y poder!” Pablo denunció esa adulación a ministros. Debemos dar honor a quien honor merece, y ése es ¡solamente Cristo!

Los creyentes sin discernimiento hacen pequeños dioses de los autonombrados profetas, sanadores, y maestros de nuevas revelaciones.
El poder malgastado está corrompiendo al ministerio y la casa de Dios. Los cristianos superficiales son atraídos al poder como las abejas a la miel. Y una terrible acusación en contra de la iglesia apóstata es oír a los cristianos decir: “¡Qué bárbaro, qué poder tiene!”, en vez de susurrar con santa reverencia: “¡Está lleno de Jesús! ¡Jesús se revela en él maravillosamente! ¡Hace a Cristo real!”

El verdadero mayordomo del evangelio no busca el poder para demostrarlo enfrente de multitudes curiosas. Las multitudes pueden ver la fuerza del poder sanador de Dios, como cuando Jesús sanaba a los enfermos. Sin embargo, a Él le oían decir una y otra vez: “No le digas a nadie”. Dios le confía su mayor poder a aquellos que van a los hospitales, a las calles, a los hogares, y en secreto, lejos de los ojos de aprobación y de los aplausos, derriban fortalezas, atan a los demonios y libertan a los cautivos, sanan a los enfermos y son verdaderos y desconocidos ministros del poder sanador de Cristo. El verdadero don de sanidad no se manifiesta en una atmósfera de espectáculo, sino que se manifiesta solamente cuando es usado por siervos humildes que son completamente celosos de la gloria de Dios, como Cristo lo era.

Un poco del santo poder de Dios que no es usado o aprovechado solamente para la gloria de Cristo es un desperdicio. Es un mayordomo injusto gastando para sí mismo lo que no le pertenece. Sin embargo, aún hay hombres que se levantan grandes nombres para sí mismos, robándole la gloria y el poder al Señor, para engrandecerse ellos mismos.


3. La fe es otro recurso de Cristo que está siendo desperdiciado por los cristianos hoy en día.

¡Toda la fe verdadera proviene de Cristo! Cuando hablas de todas las riquezas de Dios en Cristo Jesús, debes incluir la fe. Somos salvos por la fe de Cristo. Pero la preciosa fe que debería haber sido cuidadosamente invertida, está siendo desperdiciada en trivialidades. Los héroes del capítulo once de Hebreos se apropiaron de su fe para conquistar reinos, tapar la boca a los leones, extinguir el poder del fuego, poner en fuga a los ejércitos del enemigo, ejecutar actos justos, recibir a sus muertos de regreso, y finalmente, para soportar torturas, vituperios, azotes, prisiones y cárceles.

¡Hoy la fe de Cristo es a menudo desperdiciada en egoísmo! ¡Logros personales, éxito, aumento de bienes, riquezas terrenales y prosperidad sin límite, con perfecta salud y una felicidad sin mancha!

¿Por qué será que los cristianos pueden invertir todas las clases de fe en un intento de llegar a ser prósperos y felices, pero no pueden tener fe para que su casa y sus vecinos sean salvos? ¿Por qué tan poca fe para recibir la santidad de Cristo? ¿Por qué tan poca fe para evangelizar a un mundo perdido?

Uno de estos días, muy pronto, Dios nos va a poner de espaldas contra la pared y nos va a pedir cuentas de la forma en que manejamos Su preciosa fe. ¿La gastamos sólo en trivialidades, como si la fe sólo existiera para hacernos la vida más fácil? ¿No nos preguntará el Señor, con ojos penetrantes, por qué no usamos sus riquezas sabiamente? ¿Qué pasará en el tiempo que viene pronto, cuando legiones de demonios sean soltados sobre esta generación, y los gobernadores de las tinieblas extiendan sus reinos siniestros, y furiosas tentaciones; cuando los ejércitos de Satanás vengan en contra de nosotros, y los burladores y los torturadores y los anticristos se levanten para acosar a los hijos de Dios? ¿Estará el pueblo de Dios, los mayordomos de Dios, en la línea del frente haciendo una gran demostración de fe para la gloria de Cristo, o estarán de pie delante del Juez para ser despojados y echados fuera por malgastarla? ¡Señor, ayúdanos!


LA GRAN LECCIÓN

La gran lección de esta parábola va más allá de la tragedia de una iglesia que desperdicia las riquezas de Cristo en intereses egoístas; va hacia el pensamiento corrupto de los mayordomos cristianos que han sido despojados de la autoridad divina. Los mayordomos del evangelio que desperdician el tiempo, la fe, el poder y otros recursos divinos van, por consiguiente, a perder su autoridad espiritual en Cristo y van a ser libres para comprometerse con sus propios planes y proyectos. Perderán su unción y se arrastrarán inventando un evangelio que perpetúe sus propios intereses.

“Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía” (Lc. 16:3).

Los mayordomos que malgastan la riqueza de su amo y pierden la unción llegan a estar completamente dedicados a su propia supervivencia.

Ya no es su interés principal: “¿Qué puedo hacer por el Señor?”, sino, “¿Qué puedo hacer por mí?”. Esto incluye tanto a discípulos como a ministros.

Le pregunté al espíritu Santo por qué este mayordomo no se arrepintió simplemente y se arrojó en la misericordia de su amo. ¿Por qué salió y empezó a planear y a hacer proyectos para protegerse a él mismo y su futuro? Yo creo que la respuesta es que había ido muy lejos y se había colocado más allá de la redención. Sus propios intereses le habían endurecido, se había entregado a un corazón dividido. Si crees que los predicadores centrados en sí mismos y los discípulos nunca están más allá de salvarse, no conoces la Biblia. Así eran Ananías y Safira; también Alejandro e Himeneo a quienes Pablo entregó a Satanás para que otros temieran; también aquellos de Romanos 1, que cayeron de la fe a la profundidad de una mente reprobada.

Te lo digo con dolor en mi corazón, que ahora ya hay ovejas, ministros y ministerios que han sido desechados por Dios. Estos son los que han sido engañados por espíritus mentirosos, habiendo sido advertidos una y otra vez por el Espíritu Santo y por los profetas de Dios, de que se arrepintieran y que se humillaran. Ellos fueron absorbidos por el egoísmo; empezaron a fornicar con madera y piedras, se convirtieron en constructores de templos y de monumentos de realizaciones personales; y rechazaron una vida de quebrantamiento y humildad. ¡Dejaron el closet de oración por sus intereses y por la obra de sus manos! Temerariamente malgastaron el dinero de Dios, la fe de Dios, el tiempo de Dios y el poder de Dios.

Por toda la nación, oigo de gente santa de oración, la misma cosa que oigo de mi Padre del cielo. Aquellos que están caminando con Dios, viviendo en el Espíritu, instintivamente sienten que Dios ha descubierto, y que deplora, todas las abominaciones en la iglesia, en el púlpito, en las predicaciones y en algunos ministerios populares.

No todos son corruptos, ¡gracias a Dios! Hay un remanente creciente de santos y ministerios que se han vuelto a la justicia y a la oración. Pero el verdadero cuerpo de Cristo debe orar por sabiduría divina para discernir a aquellos que ya han sido despojados de la autoridad espiritual y de la unción. Un mundo creciente de cristianos de oración ahora comparten el mismo dolor de Dios por toda la mezcla con el mundo, y sus corazones claman que Dios trate esto pronto. ¡Creo, sin lugar a dudas, que está a punto de hacerlo! Si Dios puede hacer caer a Babilonia en una hora, seguramente puede limpiar esta mezcla en Su templo en un momento.

La mayor parte de los mayordomos modernos que han sido despojados por Dios de todo servicio espiritual no son tan sabios como el mayordomo injusto, no se dan cuenta de que ya todo terminó. No se han dado cuenta de que ya han sido despojados de su mayordomía. Pero tú te puedes dar cuenta que se acabó, por los planes y proyectos que presentan centrados en el hombre. Los intereses de Dios ya no son lo más sobresaliente, ahora lo único importante para ellos es su próximo proyecto. Terminan un proyecto de hombre solamente para lanzar otro más espectacular que el anterior.

Mi corazón clama: “¡Oh, mi bendito Señor! ¿Cuándo se despertará el pueblo de Dios y empezará a discernir que todo ese loco gastar, esa construcción, y esa mentalidad mundana representan un despilfarro hecho por cristianos y por ministros que ya han sido desechados por el Espíritu Santo y que están a punto de ser llamados a cuentas? ¿Cuándo dejará el pueblo de Dios de aguantar tal tontería? ¿Cuándo se despertará el cuerpo de Cristo y gritará en contra de esto y dirá: ¡Basta!” No hay ya profetas de Dios en la tierra? ¿No quedan pastores con suficiente discernimiento del Espíritu Santo y con autoridad espiritual para despertar a esta gente respecto a ese peligroso desperdicio de los recursos de nuestro Señor? Es triste, pero es cierto, que en algunos de los más conocidos ministerios del país hoy en día, ni con mucho se escucha la verdadera Palabra de Dios. Yo no soy juez, pero por sus hechos es patente que algunos están más allá de la censura, cegados por sus propios consejeros, cegados por ambición, cegados por los dioses del éxito y el poder.

Algunos de ellos no recibirían un solo profeta hoy en día, están tan altos y son tan poderosos, están tan confiados en sí mismos, tan ricos, tan influyentes, tan establecidos en sus caminos, tan comprometidos con sus propios planes y proyectos, que no pueden escuchar nada.

¡Sus ojos están cerrados, sus oídos no oyen, y no saben que la gloria se ha ido y que Icabod ha sido escrito sobre sus puertas! Y tan cierto como que el mayordomo injusto fue derrocado, así también ellos caerán. Dios va a cortar el suministro y va a hacer una cosa tan sorprendente que los oídos de todos los que lo oigan van a retumbar.

Llamo a todos los santos que oran en toda la tierra que empiecen a ayunar y a orar por la limpieza dentro de la casa de Dios y entre sus ministros y ministerios. Que empiece conmigo y con el ministerio a mi cargo. Yo necesito esta purificación tanto o más que todos los otros. Ora porque el fuego santo de Su santidad llene de temor todos los púlpitos. Ora para que Dios salve los ministerios que aún pueden ser salvados, que Dios humille y rompa las voluntades necias de los hombres centrados en ellos mismos, que haya arrepentimiento y un regreso a la pureza y a la honestidad. Ora para que ellos respondan pronto. Únete a todos los otros santos que oran. ¡Que ya no se malgasten los recursos de Dios! Ya no más alianzas con aquellos que no tienen preocupación por los intereses de Dios, sino que usan a otras personas para aumentar sus intereses egoístas. ¡Ya no más confiar en aquellos que ofrecen un evangelio barato y de oferta!

¡Dios danos profetas y pastores y evangelistas, puros, separados, quebrantados, que se den completamente para la gloria de Jesús, que puedan tronar en contra del pecado y de la corrupción y hagan temblar a los adúlteros, a los que se divorcian, a los laicos y ministros tibios en la casa de Dios! Creo que el pueblo de Dios está clamando por líderes que sean ejemplo de santidad, y que los conduzcan a caminar más profundamente con Cristo. Creo que la congregación está más hambrienta de Dios que muchos del púlpito. Algunos ministros jóvenes me dicen que no pueden encontrar a hombres ancianos de Dios a quienes puedan mirar como modelos de santidad y pureza. La gente quiere moverse en Dios, quieren fuego en el púlpito y convicción en las bancas. Quieren que el Espíritu de Dios despierte a sus iglesias y los saque de la corrupción. Al menos, eso es lo que oigo de los que me escriben.


UN EVANGELIO BARATO, CARENTE DE COMPROMISO

Este mayordomo despilfarrador dijo: “Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas” (Lc. 16:4)

Procedió a llamar a todos los deudores de su amo y les ofreció tratos con tarifas reducidas. Al deudor que debía a su amo cien medidas de aceite le decía que sólo pagara cincuenta. El redujo el trato de otro deudor que debía cien medidas de trigo. Le dijo que sólo necesitaba pagar ochenta medidas. Les ofreció a todos los deudores atractivas rebajas en los tratos.

Cuando el Espíritu Santo se va de un hombre o de un ministro, y él toma el control, toda clase de convenios se ofrecen a los deudores. Es por eso que estamos oyendo ese evangelio barato y rebajado desde tantos púlpitos.

Ahora hemos llegado al corazón del mensaje de esta parábola. Estos mayordomos que han sido despojados, van por ahí haciendo tratos rebajados con deudores que andan buscando una forma de pago barata. ¿Quién quiere pagar el precio completo de la redención cuando hay en pie una oferta de saldar la cuenta con una salvación barata? ¿Quién quiere llevar los sufrimientos de Cristo cuando puedes “cumplir” con menos? ¿Por qué soportar la muerte, la cruz, el oprobio y el rechazo cuando simplemente, reclamas tus derechos y puedes volar justo hasta el paraíso sin pena ni sacrificio? ¡Santos, alíniense -es tiempo del evangelio basado en tratos baratos-!

¡Quédate enfrente de tu televisión, llena tu alma y tu mente con toda la porquería de los pozos del infierno, sigue adelante, disfruta el cine escandaloso, el teatro para adultos; corre con la multitud, bebe, fuma, ve a centros nocturnos, cuenta chistes groseros; divórciate, haz trampas, fornica; gasta, compra y endrógate; no ores, no ayunes, no clames, no hables de cargas, de santidad y de apartarse del mundo! ¿Por qué? ¡Porque es el día del evangelio barato y rebajado, sin dolor, sin poder, contaminado! Se ofrece diariamente por radio, por televisión y en cruzadas y en las iglesias por todo el mundo.

“Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente... Y yo os digo: Ganad amigos pro medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas” (Lc. 16:8-9)

Que quede esto claro. Dios no está alabando el mal proceder del mayordomo, ni está recomendado sus acciones como tales. El sólo recomienda la forma astuta en que el mayordomo injusto se condenó a sí mismo. El amo alabó la manera en la que selló su ruina. En otras palabras: “Tú pensaste sabiamente en ofrecer estos tratos rebajados. Pero cuando todo se venga abajo, y se vendrá, tú y todos los que participaron contigo en tus ofertas deshonestas, serán enviados a los lugares donde habita Satanás”.

Lo que Dios nos está diciendo es que no hay atajos, no hay consagraciones a medias, no hay caminos fáciles a la gloria, o sin dolor. Vamos a pagar el precio completo, esto significa que tomemos nuestra cruz, nos neguemos a nosotros mismos y lo sigamos a El hasta la plenitud de la vida de resurrección. En el día del juicio todos los mayordomos despojados y sin poder se van a parar delante del trono del juicio de Jesús, mirando no sólo sus ojos llameantes sino que también verán a los pobres hijos perdidos del reino a quienes ellos engañaron con ese evangelio parcial. ¡Qué alarido será oído! Ellos rechazarán a sus falsos profetas, gritando: “¡Falso! ¡Impostor! ¡Pastor cruel! ¡Hijo de Icabod! ¡Inventor de mentiras! ¡Nos heriste con ceguera con tus medias verdades!”.

Todo lo que le puedes elogiar a algunos hombres de Dios y a ciertos ministros hoy en día, es que su astucia y su ingenio están proveyendo para ellos y sus seguidores un camino con Jesús a un precio de oferta. Y es astuta la manera en que las Escrituras son torcidas y entrelazadas para hacer que suenen correctas y aprobadas por Dios. Han ido ya tan lejos que muchos pueden pecar a voluntad y no ser convictos de pecado. Pueden decir con el Israel apóstata, “Librados somos para seguir haciendo todas estas abominaciones” (Jer. 7:10). Doctrinas de demonios y doctrinas de falsa seguridad son ofrecidas a aquellos que escogen vivir vidas carnales y sensuales.

El mayordomo injusto pensó que había asegurado su futuro, pero era una falsa seguridad. El seguía siendo el mismo hombre permisivo, tramposo y sensual que siempre había sido, y los amigos que iban con él eran de su misma naturaleza, todos ellos cegados por una falsa seguridad. Puedes estar seguro que pagó un alto precio por su engaño. ¿Quién puede dudar que el amo rechazó los tratos rebajados que ofreció el mayordomo injusto? Yo creo que el amo demandó el precio completo.

Dios le dijo a la iglesia de Laodicea, tan llena de bienes y que alardeaba de no tener necesidad de nada, en realidad eres desventurada, pobre, miserable, ciega y desnuda. Y hasta que no renuncie a toda la tibieza, Dios la vomitará de Su boca a ella y todo lo que representa. Este hecho espantoso ya está sucediendo.

¡Dios danos mayordomos fieles! Danos santos en el púlpito y en las bancas que se vuelvan al Señor con todo su corazón, que rompan sus ídolos, y caigan contritos delante de Tu presencia. Y Dios, vuelve a traer el evangelio de justicia, de separación del mundo, y mandamientos santos de amor, y levanta ejércitos de vencedores que alisten sus lámparas y se preparen para recibir al Novio. Dios, llévanos a la Cruz, a la muerte de nosotros mismos, a reconocernos muertos al pecado por fe, y a la resurrección en el reino de Vida Eterna en Cristo. Amén.

Estad Quietos y Conoced que Yo Soy Dios - Jonathan Edwards

Por Jonathan Edwards
"Estad quietos, y conoced que yo soy Dios"
(Salmo 46.10)
Este salmo suena como un himno de la iglesia en tiempos de grandes convulsiones y desolaciones en el mundo. Es por eso que la iglesia se gloría en Dios como su amparo, su fortaleza y su pronto auxilio, aun en tiempos de las mayores tribulaciones y dificultades. “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y borboteen sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su ímpetu” (versículos 1, 2, 3).

La iglesia se enorgullece en Dios, no sólo por ser Él su ayudador, que la defiende cuando el resto del mundo se ve envuelto en desgracias y catástrofes, sino porque, como río refrescante, le da aliento y gozo, aun en medio de la calamidad pública. “Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana” (vv. 4, 5). En los versículos 6 y 8 se declaran los cambios profundos y las calamidades que agitaban al mundo: “Braman las naciones, se tambalean los reinos; lanza él su voz, y se derrite la tierra. Venid, ved las obras de Jehová, que ha puesto asolamiento en la tierra”. En el texto que sigue se expresa de manera admirable la manera en que Dios libra a la iglesia de estas desgracias, especialmente de los desastres de la guerra y la furia de sus enemigos: “Que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra. Que quiebra el arco, rompe las lanzas y quema los carros en el fuego”. Es decir, Él hace que cesen las guerras cuando son contra su pueblo; Él quiebra el arco cuando se dobla contra sus santos.

Siguen entonces estas palabras: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. La soberanía de Dios se manifiesta en sus grandes obras, las cuales aparecen descritas en los versículos anteriores. Esas mismas terribles desolaciones que Él desató en su designio de librar a su pueblo utilizando medios terribles muestran también su grandeza y su señorío. A través de todo eso demuestra su poder y soberanía, y así ordena a todos estar quietos, y conocer que Él es Dios. Porque, dice: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”.


De esto se pueden derivar observaciones interesantes

1. El deber de estar tranquilos delante de Dios, bajo las mercedes de su providencia. Esto implica que debemos mantener quietud de palabras, sujetándonos de hablar o de quejarnos contra los designios de la Providencia; no oscureciendo la razón con palabras de ignorancia, ni empleando el lenguaje pomposo de la vanidad. Debemos mantener quietud en nuestras acciones y en nuestra conducta, de modo que no contrariemos a Dios en sus designios. Y en lo tocante a la disposición interior de nuestros corazones, hemos de cultivar la calma y una serena sumisión de espíritu a la soberana voluntad de Dios, cualquiera que esta sea.

2. Podemos tener en cuenta el fundamento de este deber, esto es, la divinidad de Dios. El hecho de ser Dios es razón de sobra para que debamos estar quietos delante de Él, sin murmurar en lo más mínimo, sin objetar, sin oposición, sino tranquilamente y con humildad sometiéndonos a Él. ¿Cómo hemos de cumplir este deber de estar quietos delante de Dios? Sencillamente con un sentido de su divinidad, comprendiendo que el fundamento de ese deber es el conocimiento de que Él es Dios. Nuestra sumisión es la que corresponde a seres racionales. Dios no requiere que nos sometamos a Él a contrapelo de lo razonable, sino como viendo la razón y el fundamento de hacerlo así. De ahí que, la mera realización de que Dios es Dios puede ser suficiente para acallar toda objeción y oposición a sus divinos y soberanos designios.


Todo esto puede verse considerando lo siguiente:

1. Por cuanto Él es Dios, es un ser absoluta e infinitamente perfecto, siendo imposible que pudiera incurrir en error o maldad. Y como es eterno y no debe su existencia a ningún otro, no puede en medida alguna tener limitaciones en su ser ni en ninguno de sus atributos. Si algo tiene límites en su naturaleza, debe haber alguna causa o razón por la que esos límites están allí. De lo cual se deduce que toda cosa limitada debe tener alguna causa. Por lo tanto, aquello que no tenga causa tiene que ser ilimitado. Las obras de Dios demuestran con toda evidencia que su sabiduría y su poder son infinitos, pues quien hizo todas las cosas de la nada, que las sustenta, gobierna y maneja en todo momento y en todas las edades, sin cansarse, tiene que poseer un poder infinito. Tiene asimismo que ser infinito en el conocimiento; porque si Él hizo todas las cosas, y sin cesar las sustenta y gobierna todas, se sigue que él, continuamente y de una sola mirada, ve y conoce a la perfección todas las cosas, así las grandes como las pequeñas.

Lo cual no es posible sin un conocimiento infinito. Siendo, pues, infinito en conocimiento y poder, Dios tiene que ser también perfectamente santo. La falta de santidad supone siempre defecto y pobreza de visión. Donde no hay oscuridad ni engaño, no puede faltar la santidad. Es imposible que la maldad pueda coexistir con la infinita luz. Dios, siendo infinito en poder y conocimiento, tiene que ser totalmente autosuficiente. Es por lo tanto imposible que Él pueda caer en cualquier tentación o cometer alguna falta. No hay motivo por el cual pueda incurrir en nada semejante. Siempre que alguien es tentado a ceder a lo incorrecto, es por fines egoístas. Entonces, ¿cómo podría un Ser todopoderoso —que no necesita de nada— ser tentado a hacer algo malo por fines egoístas? Es, pues, imposible que Dios, que es esencialmente santo, pudiera en ningún sentido incurrir en el mal.

2. Por el hecho de ser Dios, Él es tan grande que está infinitamente más allá de toda comprensión. Por tanto, es irrazonable de nuestra parte pretender juzgar sus decisiones, ya que las mismas son misteriosas. Si fuera un ser al cual nosotros pudiéramos comprender, no sería Dios. Sería irrazonable suponer nada más allá del hecho de que hay muchas cosas en la naturaleza de Dios, así como en sus obras y gobierno, que son para nosotros un misterio que jamás podremos discernir.

¿Qué somos y qué idea tenemos de nosotros mismos si esperamos que Dios y sus designios puedan estar al nivel de nuestro entendimiento? Somos infinitamente incapaces de tal cosa como comprender a Dios. Para nosotros sería menos irrazonable concebir que una cáscara de nuez pudiera contener al océano. Dice en Job 11.7ss: “¿Descubrirás tú las profundidades de Dios? ¿Alcanzarás el límite de la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? Su dimensión es más extensa que la tierra, y más ancha que el mar”. Si pudiéramos tener sentido de la distancia que existe entre Dios y nosotros, entenderíamos lo razonable de la interrogación del apóstol Pablo en Romanos 9.20: “...oh, hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios?”

Si creemos encontrarle faltas al gobierno de Dios, estamos virtualmente suponiéndonos capaces de ser sus consejeros; cuando en realidad más bien nos convendría, con gran humildad y adoración, clamar con el apóstol (Ro 11.33ss): “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios, e insondables sus caminos! Porque ¿quién penetró en el pensamiento del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos de los siglos”.

Si hubiera niños que alzaran la voz para criticar a los cuerpos legislativos de su país o para poner en tela de juicio las decisiones del poder ejecutivo, ¿no se estimaría que se estaban entrometiendo en cosas demasiado elevadas para ellos? ¿Y qué somos nosotros sino bebés? Pues nuestras inteligencias son infinitamente menores que las de los bebés en comparación con la sabiduría de Dios. Lo sensato para nosotros es tener esto en cuenta y ajustar a ello nuestra conducta. Dice en el Salmo 131.1,2: “Jehová, no está envanecido mi corazón, ni mis ojos son altivos; no ando tras grandezas, ni tras cosas demasiado sublimes para mí. Sino que me he calmado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre”.

Esta sola comprensión de la infinita distancia entre Dios y nosotros, y entre el
entendimiento de Dios y el nuestro, debería ser suficiente para acallarnos y para acatar con serenidad todo lo que Dios hace, no importa cuán ininteligible o misterioso nos parezca. Ni tampoco tenemos derecho alguno a esperar que Dios nos explique en particular la razón de sus actos o sus designios. Está más que justificado que Dios no nos dé a nosotros, gusanos del polvo que somos, razón de sus asuntos, que así podamos captar la distancia que nos separa de Él, y le adoremos y nos sometamos a Él en humildad y reverencia.

Podemos ver a este respecto por qué, cuando Job padecía sufriendo por designio divino crueles penalidades, Dios le respondió no explicándole las razones de su misteriosa providencia, sino haciéndole ver su condición de miserable gusano, de nada, y cuán lejos estaba él de la altura de Dios. Esta actitud divina estaba más en consonancia con Dios que haber entrado en algún debate con Job, o haberle revelado el misterio de sus dificultades. Y para Job fue bueno someterse a Dios en aquellas cosas que no podía entender, a lo cual quiso traerle la respuesta divina.
Conviene que Dios habite en profunda oscuridad, o en luz que ningún ser humano puede resistir, la cual ninguno ha visto ni puede ver. Nada hay de extraño en que un Dios de infinita gloria resplandezca con una brillantez demasiado viva y potente para el ojo humano. Porque los mismos ángeles, esos espíritus poderosos, aparecen cubriendo sus rostros ante esta luz (Isaías 6).

3. Siendo que Él es Dios, todas las cosas son suyas, por lo cual tiene derecho a disponer de ellas a su antojo y placer. Todas las cosas de este mundo inferior son suyas. “...Todo lo que hay debajo del cielo es mío” (Job 41.11). “He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella” (Dt 10.14). Todas las cosas son suyas porque todas proceden de Él; son totalmente de Él y de solamente de Él.
Aquellas cosas hechas por los hombres no son enteramente de ellos. Cuando un hombre edifica una casa, no es completamente suya; ninguno de los materiales con que fue hecha le debe su origen. Todas las criaturas son total y completamente fruto del poder de Dios.
Es lógico, por lo tanto, que todas sean para él y estén sujetas a su voluntad (Pr 16.4). Así pues, como todas las cosas vienen de Dios, así todas se sostienen por Él, y se hundirían en la nada en un instante si Él no las sostuviera. Y todas son para Él. “Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas” (Ro 11.36). “Porque por él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, las visibles y las invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas tienen consistencia en él” (Colosenses 1.16,17). Toda la humanidad es suya: sus vidas, su aliento, su ser; “porque en él vivimos y nos movemos y somos”. Nuestras almas y nuestras capacidades le pertenecen.
“He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía” (Ez 18.4).

4. Comoquiera que Él es Dios, es digno de ser soberano sobre todas las cosas. A veces los hombres poseen más de lo que son dignos de poseer. Pero Dios es no solamente dueño de todo el universo, siendo que todo procede y depende de Él, sino que tal es su perfección, la excelencia y dignidad de su naturaleza, que es digno de ser soberano por sobre todo. Nadie deberá osar oponerse a que Dios ejerza la soberanía del universo como si no fuera digno de ello, pues el ser soberano absoluto del universo no es gloria ni honor demasiado grandes para Él.

Todas las cosas en el cielo y en la tierra, ángeles y hombres, son nada en comparación con Él; todas son como la gota de agua en el balde o como el grano de arena en la playa. Es así adecuado que cada cosa esté en sus manos, para que Él disponga según le plazca. Su voluntad y su deseo son de infinitamente mayor importancia que los de las criaturas. Es correcto que su voluntad se cumpla, aunque fuere contraria a la de todos los demás seres; que Él haga de sí mismo su propio fin; y que disponga todas las cosas para sí. Dios está dotado de tales perfecciones y excelencias que tiene título a ser el soberano absoluto del mundo.
Ciertamente, conviene mucho más que todas las cosas estén bajo la dirección de una sabiduría irreprochable y perfecta que expuestas a caer en confusión o sujetas a causas sin control. Más aun, no es bueno que ningún negocio dentro del gobierno de Dios pueda quedar sin la dirección de su sabia providencia, muy especialmente aquellas cosas de mayor importancia.

Es absurdo suponer que Dios pudiera estar obligado a prevenir a cualquier criatura de pecar y de exponerse a castigo adecuado. De ser así, resultaría que no puede haber tal cosa como un gobierno moral de Dios sobre individuos razonables, y sería arbitrario para Dios dar mandamientos ya que Él mismo sería la parte comprometida a observar la conducta y estarían fuera de lugar las promesas o las amenazas. Pero si Dios puede dejar que alguien peque y se exponga a castigo, entonces resulta mucho más apropiado y mejor que el asunto sea tratado con sabiduría —quién en justicia debe a causa del pecado quedar expuesto a castigo y quién no— que permitir que venga por la confusión o el azar.

No es digno del Gobernador del universo dejar las cosas al azar; lo natural para Él es gobernar todas las cosas por medios de sabiduría. Y así como Dios posee sabiduría que lo autoriza para ser soberano, así también tiene el poder que lo capacita para ejecutar lo que aconseja la sabiduría. Más aun, Él es esencial e invariablemente santo y justo, e infinitamente bueno, por lo que está perfectamente calificado para gobernar el mundo de la mejor manera posible.

Por lo tanto, cuando actúa como soberano del mundo, lo indicado para nosotros es estar quietos y someternos de buen grado, sin objetar en manera alguna que Él tenga la gloria de su soberanía; por el contrario, conscientes de su dignidad, reconocerla con gozo, diciendo: “Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos”, y repetir con aquellos en Apocalipsis 5.13: “Al que está sentado en el trono ... sea la alabanza, el honor, la gloria, y el dominio...”

5. Por cuanto Él es Dios, será soberano y actuará como tal. Él se sienta en el trono de su soberanía y su reino rige sobre todos. En su soberano poder y dominio será exaltado, como Él mismo declara: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”. Él hará saber a todos que es el supremo Señor de toda la tierra. Él efectúa su voluntad entre las huestes del cielo y entre los habitantes de la tierra, y nadie puede detener su mano. No puede haber tal cosa como frustrar, entorpecer o invalidar sus designios, pues Él es grande en el pensamiento y maravilloso en la acción. Su consejo prevalecerá, y Él hará todo lo que le plazca.

No hay sabiduría, ni inteligencia, ni talento que pueda ir contra el Señor. Cualquier cosa que Él quiera hacer será para siempre; nada le será añadido ni quitado. Cuando Él actúe, ¿quién le opondrá reparos? Él puede, si quiere, hacer trizas a sus enemigos. Si los hombres se juntan contra Él para estorbar u oponerse a sus designios, Él “quiebra el arco, rompe las lanzas, y quema los carros en el fuego”. Él mata y hace vivir, derriba y levanta, todo según el consenso de su voluntad. Dice en Isaías 45.6,7: “Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo soy Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo soy Jehová, el que hago todo esto”.

Ni los eminentes, ni los ricos, ni los sabios pueden impedir o torcer la voluntad de Dios. Él despacha chasqueados a los doctos y no rinde pleitesía a los aristócratas ni concede privilegio a los ricos sobre los pobres. Hay muchos subterfugios en el corazón humano; pero el consejo del Señor y los pensamientos de su corazón permanecerán a través de todas las generaciones. Cuando Él concede paz, ¿quién puede crear problemas? Y si oculta su rostro, ¿quién puede contemplarlo? Lo que Él derriba no puede ser reconstruido y al que silencie así se queda. Cuando Él se proponga algo, ¿quién se lo estorbará? Y cuando extienda su mano, ¿quién hará que la recoja? No hay por lo tanto manera de impedir a Dios ser soberano ni que actúe como tal. “De quien quiere tiene compasión y al que quiere endurecer, endurece” (Ro 9.18). Él tiene las llaves del infierno y de la muerte: abre, y no hay quien cierre; cierra, y no hay quien abra. Esto puede hacernos ver la insensatez de ponernos en contra de los soberanos designios de Dios; y cuán sabios son aquellos que quietamente y de buen ánimo se someten a su soberana voluntad.

6. Como que Él es Dios, está en posición de vengarse de aquellos que se opongan a su soberanía. Él es sabio de corazón y poderoso en fortaleza; ¿quién podrá endurecerse contra Dios y salir airoso? A esto tiene que responder todo el que intente contender con Él. Y ay del miserable que quiera pelear contra Dios, ¿podrá defender su posición delante de Él? A cualquiera de sus enemigos al que mueva el orgullo, el Señor le mostrará que está por encima de ellos. Vendrán a ser como la paja en el viento, o como grasa de carneros; el fuego los consumirá y desaparecerán. “Quién pondrá contra mí en batalla espinos y zarzas? Yo los hollaré, los quemaré a una” (Isaías 27.4).